La Malavella


9/05/05
. El sábado pasado, 7 de mayo, fui a ver la “visita teatralizada” del municipio que ofrecen tres actores a través de unos personajes entrañables. Casualmente el día anterior había estado en la presentación del Plan General de Ordenación del Municipio.

Casualidad, curiosidad o fruto del azar, en mi mente se han entremezclado las dos actividades y esa fusión me ha ofrecido una nueva visión del lugar donde, desde hace unos años, resido.

Por un lado, la estupenda representación de una historia teatralizada, situada en el marco de un antiguo balneario ahora inexistente y en el entorno de la guerra, me hizo comprender como el municipio de Caldes vivió una época de esplendor durante el primer tercio del siglo pasado.

Esa época ha dejado su poso, en la arquitectura del municipio y en el inconsciente colectivo. Y la comparación con el presente es odiosa. A aquellos visitantes cercanos, respetables, acaudalados y cultos que construían o alquilaban las mejores villas y que portaban trabajo y prosperidad al pueblo, les ha sucedido una legión de forasteros procedente de barrios obreros de Barcelona, muchos de ellos venidos de más allá del Ebro, desperdigados por las urbanizaciones, con poco dinero y que se expresan con comportamientos escandalosos.

Por otro lado, la simpática representación de la leyenda de la Malavella me ha recordado la cara más amarga de mi situación de parcelista o parcelero, que es como despectivamente se denomina al que vive en una parcela.

Si nos fijamos en la historia, la Malavella simboliza un poder feudal y tétrico que se expresa en la posibilidad de sustraer los hijos a sus siervos para fines oscuros, ya sea la juventud eterna o el poder infinito, a través de sus vísceras, corazón o hígado. Es el poder absoluto, que se per-petúa a través de la posesión de sus victimas, los más débiles del lugar.

Como un trovador medieval, podría rescribir la fábula de la Malavella. Los poderes fácticos apoyado por lo más lúgubre del lugar, crean unos cercados que, como corrales, van a albergar los despistados que huyendo de la podredumbre de la ciudad caen en ellos. Una vez allí, gota a gota, se les va extrayendo parte de su sangre con la que alimentar las arcas municipales y un progreso miserable.

Como en todas las leyendas, necesitamos un héroe que arranque el corazón del mayordomo, salve al niño y subleve al pueblo para enviar el mal al fondo de un pozo. En la época presente los residentes explotados, votan juntos, conquistan el ayuntamiento y mandan los caciques y malvados al infierno de la oposición.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

En Caldes de Malavella, a 9 de mayo de 2005

Angel Guijarro

 


 

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